La palabra tutelaje ha sido de las más usadas en Venezuela después de los acontecimientos del pasado 3 de enero. Súbitamente esta palabra se posicionó en el vocabulario de políticos, analistas, opinadores, académicos y gente en general. Se habla entonces de que Venezuela es un país tutelado, que el sistema de gobierno en este país no pasa de ser una democracia tutelada, o que el tutelaje es lo que impera en estos tiempos.
Si nos remitimos al origen de la palabra tutelaje, ésta se deriva del verbo
tutelar, que se asimila a proteger,
guiar, orientar, indicar, supervisar, etc. Es decir, se tutela a alguien que
necesita ser protegido, orientado, supervisado, etc., porque sencillamente no
se puede valer por sus propios medios. Esta es la situación, en términos
prácticos, en que se encuentra Venezuela en estos momentos.
Desde el punto de vista político y geopolítico, el tutelaje lo ejerce una
gran potencia sobre países más pequeños o débiles, imponiéndoles las reglas del
juego, tanto en su política interna como en su política externa. Es decir, el
país tutelado tiene muy poco margen de maniobra en términos de autonomía e
independencia. Todas sus políticas, de una u otra manera, son consultadas con
la potencia tutelante, la cual cuenta con una batería de filtros a manera de
tamices. Pasan las piedras más grandes, en tanto que las más pequeñas son
retenidas.
Ahora bien, en estos tiempos que corren, el tutelaje es la acción que implementan
las grandes potencias para incidir sobre otros países. En América Latina hay
varios casos. Gobiernos como los de Ecuador, Argentina, El Salvador y Costa
Rica en buena medida también son tutelados por Estados Unidos. Lo mismo ocurre
con los gobiernos de países de la antigua Unión Soviética, como los de Armenia,
Bielorrusia, Georgia y Kirguistán, que son tutelados por Rusia. Porque en este
asunto no se trata de querer, sino de poder.
Por Alfredo Portillo

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