sábado, 16 de noviembre de 2019

En nombre del dios Rama


Uno de los temas más apasionantes de la geopolítica es el que tiene que ver con la geopolítica de las religiones, en tanto que es la manifestación de las rivalidades de poder en el territorio, en las que el factor religión tiene una influencia preponderante, tomando en cuenta que este factor, junto con los factores lingüísticos y étnicos, es de lo que más influye en la identidad y cohesión de los grupos humanos.



En este sentido, vale la pena hacer referencia al caso que recientemente fue noticia en la India. Se trata de la decisión que tomó el Tribunal Supremo de este país asiático, de conceder a los hindúes la construcción de un templo en honor al dios Rama, en un terreno de la ciudad sagrada de Ayodhya, ubicada a orillas del río Ghaghara, en el estado Uttar Pradesh, al norte de la India, justo donde se dice que nació  esta deidad.

El asunto es que este lugar sagrado también era reclamado por los musulmanes que habitan en la ciudad de Ayodhya, toda vez que allí,  en el siglo XVI, fue construida por Babur, el primer emperador mogol de la India,  la  mezquita  Babri Masjid, la cual fue parcialmente destruida el 6 de diciembre de 1992 por unos 200 mil manifestantes nacionalistas  hindúes.

Si se analiza en el marco del contexto geopolítico interno  de la India, el caso de Ayodhya puede ser interpretado como un éxito de los nacionalistas hindúes del Partido Popular Indio, cuyo jefe político es el primer ministro de la India, Narendra Modi. Y del lado de los musulmanes, simplemente es una derrota, la cual tienen que aceptar con resignación, en tanto que son la minoría en el estado de Uttar Pradesh, donde representan apenas el 10 % de la población. Un ejemplo más de los desenlaces que tienen las rivalidades de poder en el territorio.

Por Alfredo Portillo
alportillo@ula.ve

lunes, 21 de octubre de 2019

Los tiempos recios de Vargas Llosa


A comienzos de este mes de octubre fue lanzada  en Madrid  la nueva novela del  Premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, la cual lleva por título Tiempos Recios. En la rueda de prensa que ofreció, el laureado escritor peruano estuvo acompañado por Pilar Reyes, directora de la Editorial Alfaguara, quien fungió como presentadora.



En sus palabras introductorias Vargas Llosa habló sobre cómo surgen sus novelas, bien a partir de un encuentro con una persona, o por algo  que ve, o por algo que lee. En este caso, Tiempos Recios surge como resultado de  una historia que le contó el también literato dominicano Tony Raful, durante una cena a la que ambos asistieron hace unos tres años en Santo Domingo.

La historia que le contó Raful  a Vargas Llosa tiene que ver con el papel que jugó el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo en el derrocamiento del presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz, en el año 1954, y la amistad que tenía Trujillo con quien comandó el golpe contra Árbenz, el coronel Carlos Castillo Armas. A partir de esta historia, Vargas Llosa escribió Tiempos Recios.

Como contribución  a la interpretación novelada de ese período histórico de Guatemala y de América Latina, Vargas Llosa considera que el derrocamiento de Árbenz –acusado erróneamente de ser comunista–,  como producto de una conspiración montada por la CIA de Estados Unidos, a través del dictador Trujillo, significó un golpe mortal a una experiencia democrática y de reformas liberales que se estaban dando en el país centroamericano, lo que a la postre se tradujo en el fortalecimiento,  entre las juventudes latinoamericanas, de la opción de la lucha armada y el camino revolucionario.

Vargas Llosa, al reivindicar a Árbenz y su programa de gobierno, considera que fue un error del gobierno estadounidense, presidido por Dwight Eisenhower, el  haber contribuido al derrocamiento del presidente guatemalteco, cortándole las alas, en medio de la Guerra Fría, a esa experiencia democrática. Más de seis décadas después de ese nefasto acontecimiento, Vargas Llosa lo lamenta profundamente, al ver a América Latina sumida entre  gobiernos, a los que él califica, bien como democracias imperfectas populistas, o bien como dictaduras ideológicas.

Por Alfredo Portillo
alportillo@ula.ve

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