lunes, 18 de enero de 2021

El difícil tránsito hacia la Unión Económica Euroasiática

La Unión Soviética fue una  unidad geopolítica que  estuvo conformada por 15 repúblicas socialistas federadas, repartidas en una extensión territorial  de 22.400.000 kilómetros cuadrados. Su disolución formal ocurrió entre marzo de 1990 y diciembre de 1991, lo que significó la independencia política de esas 15 repúblicas. 


Comenzaba entonces un nuevo proceso de cara al futuro, para, durante los siguientes años, rearmar ese rompecabezas que explotó hecho pedazos. Rusia, al mando del proceso, tenía la inmensa responsabilidad de llevar a cabo esa ciclópea tarea. ¿Cuánto se ha avanzado? Algunos datos al respecto son aportados por Philippe Conte en su artículo “De  la  CEI  à l’UEE.  Vers  une  intégration  économique  dans  l’espace  postsoviétique ? “ , recientemente publicado en www.diploweb.com.

El primer paso que se dio fue crear en 1991 la Comunidad de Estados Independientes, por parte de 11 de las 15 exrepúblicas soviéticas: Armenia, Azerbaiyán,  Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán. Los tres estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) tomaron rumbo propio y giraron hacia Europa. Georgia, sumida en un conflicto interno, se afilió posteriormente. Como experiencia de reintegración no fue exitosa desde el punto de vista económico. Eso llevó a Bielorrusia, Rusia y Kazajistán a lanzar en 1995 una iniciativa de unión aduanera, a la  cual se afiliaron, al siguiente año,  Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán.

Posteriormente, en el año 2000 se conformó la Comunidad Económica Euroasiática, integrada por Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Rusia y Tayikistán, a la cual se sumó luego Uzbekistán. Este organismo estuvo en funciones hasta el año 2014. Por su parte, en paralelo, en el año 2010,  Bielorrusia, Kazajistán y Rusia crearon la Unión Aduanera Euroasiática, que derivó luego, en el año 2012, en el Espacio Económico Euroasiático, como mercado común.

A todas estas, ya con Ucrania cada vez más europeizada y distante del mundo exsoviético, por el  asunto de Crimea como una de las razones,  Bielorrusia, Kazajistán y Rusia se enfilaron hacia la conformación en el año 2015 de la Unión Económica Euroasiática, atrayendo luego  a sus predios a Armenia y Kirguistán, para llegar a comienzos de este año 2021 a representar una unidad geopolítica con una extensión de 20 millones de kilómetros cuadrados, 184 millones de habitantes y un PIB de 1.882 millones de dólares, para rivalizar, y para cooperar al mismo tiempo, con la Unión Europea y con China, para construir el mundo euroasiático del futuro.

Por Alfredo Portillo

alportillo12@gmail.com

 

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

Geopolítica de la no sociedad

El geógrafo francés Christophe Guilluy ha desarrollado un  interesante concepto para explicar las mutaciones sufridas por la sociedad occidental durante las últimas décadas del siglo XX y las dos primeras de la actual centuria. Se trata de lo que él da en llamar la ‘no sociedad’, que expresa una figura social caracterizada por la desaparición de la clase media, como resultado de su progresiva pauperización, y la consolidación de dos polos sociales, la clase alta y la clase popular.

Con su mirada de geógrafo, Guilluy descubre a la no sociedad a través de la representación cartográfica de la geografía social de la clase popular, asentada en las periferias de las ciudades y en las zonas rurales, y a la clase alta,  que habita y labora en territorios urbanos exclusivos, dotados de servicios públicos de primer nivel. Y a través de  los mapas de geografía electoral, para identificar los patrones de la votación a favor de determinadas opciones políticas, las cuales, en el caso de la clase popular, en apoyo a opciones populistas, muchas veces, promovidas por representantes de la clase alta (caso Trump, por ejemplo).

 

Geopolítica de la no sociedad

Lo revelador del concepto de no sociedad,  es que  coloca a la clase alta como gestora del descenso social, que ha dado lugar a una clase popular fragmentada, no homogénea, conformada por sectores de la población que luchan por su sobrevivencia y se atrincheran en sus identidades, sean étnicas, religiosas, de nacionalidad, de género o socioeconómicas, y que son presa fácil, precisamente, de las estrategias de marketing político-electoral desarrolladas por las opciones políticas que procuran su apoyo.

Así las cosas, la no sociedad, como realidad social, es también expresión de una realidad geopolítica, en la que las rivalidades de poder en el territorio se manifiestan dialécticamente en la bipolaridad clase alta-clase popular, y de manera muy intensa y polifórmica, a lo interno de la clase popular.

Por Alfredo Portillo

alportillo12@gmail.com

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