La República Islámica de Irán está en guerra, como lo ha estado en otras ocasiones desde su fundación en 1979. La guerra pareciera ser algo consustancial para los 92 millones de habitantes que ocupan este extenso territorio enclavado en Asia Occidental, en medio de países, mares, golfos y estrechos, epicentro de muy importantes riquezas petroleras y gasíferas.
Vivir para la guerra, como medio de subsistencia, también significa estar
consustanciados con el concepto y con la práctica del martirio, como expresión
del sacrificio por una causa con fundamentos e inspiración religiosa. Esto es
lo que los mueve, lo que los motiva.
Para los iraníes, según se puede interpretar, morir en medio de una guerra
no es simplemente morir, es aceptar el martirio para que otros puedan vivir, es
entregar la bandera de su país una y otra vez para relevar al que cae, y seguir
adelante.
Así se desprende de lo que muestra el liderazgo que conduce a la República
Islámica de Irán. De manera general, es un liderazgo que muestra tres
características principales: experiencia militar, formación científico-técnica
y formación religiosa y filosófica.
Este liderazgo de Irán pareciera ser amplio y diversificado, copando las
diferentes celdas del complejo sistema político consagrado en su constitución,
combinación de islamismo y república. Todo pareciera estar perfectamente
diseñado para que el reemplazo se produzca sin mayores traumas o conflictos.
Sea que se trate de reemplazar al Líder Supremo, o a cualquiera de las
cabezas de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, o de los mandos
militares, el reemplazo se produce. El liderazgo es múltiple, suficiente como para
soportar innumerables y sucesivos reemplazos. El presente de la República
Islámica de Irán está en un momento crucial, y también lo está su liderazgo.
Por Alfredo Portillo

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