La humanidad toda, a lo largo de los siglos, ha estado sumida en conflictos, disputas, luchas y guerras. Dividida en pueblos, naciones, sociedades, clanes, tribus, estados, clases, grupos o sectores, la lucha por la sobrevivencia ha sido una constante. La sobrevivencia de unos, ha significado la no sobrevivencia de otros.
Los conflictos, disputas, luchas y guerras han resultado en
el sometimiento de unos y en la imposición de otros. Múltiples formas,
técnicas, herramientas y estrategias han sido utilizadas para el sometimiento y
liquidación de unos por otros. Nadie se ha privado de utilizar lo que ha
considerado como necesario para lograr sus objetivos.
El dominio de las tierras, los mares y los cielos, aunado al
desarrollo del conocimiento científico-técnico en los diferentes campos de la
existencia humana, han servido para hacerse de formas, técnicas, herramientas y
estrategias, a fin de poder librar las luchas y las guerras.
La guerra ha sido una sola, cuyo objetivo ha sido someter y
liquidar al otro. Lo que sí ha ocurrido, es que la guerra se ha diversificado,
por lo que, se habla entonces de guerra bélica, guerra económica, guerra
jurídica, guerra psicológica o, más recientemente, de guerra cognitiva. Todas estas modalidades de guerra se pueden
desarrollar de manera simultánea o secuencial, como parte de una gran
estrategia, en función de los objetivos que se persiguen.
La guerra cognitiva, tal como está planteada, es el
resultado del desarrollo científico-técnico en los campos de las tecnologías de
información y comunicación, la neurociencia, la ciencia de datos, las redes
sociales, entre otros. Su objetivo es influir en la mente de las personas, para
condicionar sus pensamientos y sus decisiones, y ponerlas al servicio de una
causa-objetivo determinada. Geográficamente se puede desarrollar desde puntos cercanos
o distantes al lugar donde reside la población-objetivo, por lo que, se podría
decir que es ubicua y omnipresente. La geopolítica adquiere entonces una nueva
dimensión.
Por Alfredo Portillo
