El frenesí está asociado a una actitud de exaltación en el ánimo de las personas y de un accionar intenso en su comportamiento. Esto vale para referirse a lo se podría llamar el frenesí comunicacional, que es la forma como se desata la interacción comunicacional luego de ocurrido algún evento, algo que se ha ido incrementando a medida que se diversifican los instrumentos de comunicación y más personas tienen acceso a los mismos.
Esto se ha podido constatar recientemente, a raíz del evento extremo
ocurrido en Santiago de Chile, y que afectó principalmente a los habitantes de
la comuna de Las Condes. Dicho evento, identificado como un aluvión, se tradujo
en una inmensa masa de agua, rocas, lodo y material vegetal, que desembocó en
las calles y casas de la mencionada comuna.
Una vez ocurrido el aluvión, se desató un intenso frenesí comunicacional a
través de los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales,
primero para dar parte de lo ocurrido, el impacto que había tenido y para
explicar las causas que provocaron el evento. Luego se ha entrado en una fase
comunicacional relacionada con las labores de recuperación y asistencia por
parte de los organismos de protección civil.
El momento cumbre del frenesí comunicacional se ha producido cuando los
especialistas en la materia han comenzado a denunciar que no se habían tomado
las medidas preventivas para evitar que el evento ocurriera, situación ésta
que, obviamente, y como de costumbre, ha sido aprovechada por representantes de
diferentes fuerzas políticas para agudizar la polémica. Unos para decir que sí
se habían tomado medidas preventivas y mitigadoras, y otros para decir que nada
se había hecho.
Pasados los días, la noticia del aluvión fue perdiendo vigencia y
desapareciendo del espectro comunicacional. La gente se ha ido recuperando del
impacto y algunos científicos se han quedado en la zona afectada para recabar
datos que puedan ser útiles para sus proyectos de investigación. La vida
continuará y otros eventos serán entonces el centro de las noticias.
Por Alfredo Portillo

