Recuerdo cuando en octubre del año 2007, las aguas de la quebrada El Volcán, que descienden desde la Sierra Nevada, en la región de Los Andes, Venezuela, aumentaron súbitamente su volumen, arrastrando gran cantidad de rocas, sedimentos y troncos de árboles, afectando puentes, caminos, calles y casas de las comunidades de la parroquia Arias, del municipio Libertador del estado Mérida, hasta desembocar en el río Chama.
Después de este evento, en los subsiguientes días, algunos especialistas de la Universidad de Los Andes, que vinieron a observar la zona afectada, explicaron que lo ocurrido se debió a un represamiento y posterior desborde de las aguas de la quebrada El Volcán, como consecuencia del desprendimiento previo de material rocoso en la parte alta de este curso de agua.
Décadas atrás, en mayo del año 1970, ocurrió un evento conocido como el aluvión de Yungay, en el departamento de Áncash, Perú, luego de un terremoto que sacudió la zona, provocando el desprendimiento de un casquete de hielo y rocas del nevado de Huascarán, convertidos luego en una masa de lodo, y arrasando literalmente con la ciudad de Yungay.
Algo similar es lo que ha ocurrido en la región de los Himalayas, entre Nepal y la región autónoma de Tibet, China, donde se desprendió un bloque de hielo y rocas, el cual rodó hasta las aguas de un lago existente en medio de la cuenca, provocando su desbordamiento, hasta convertirse en una gigantesca masa de agua, rocas y lodo, que ha arrasado con todo lo que ha conseguido a su paso.
Estos eventos, de gran impacto en todo lo que tiene que ver con infraestructuras, viviendas y vidas humanas, son acelerados en buena medida por eventos climáticos y sísmicos de gran magnitud, algo que durante los últimos tiempos se ha vuelto más recurrente, y que exige de los gobiernos y los organismos de emergencias y desastres una mayor capacidad de respuesta.
Por Alfredo Portillo
alportillo12@gmail.com

No hay comentarios.:
Publicar un comentario