Un hecho sorprendente, en el marco de la crisis migratoria que caracteriza al mundo actual, ocurrió recientemente en Ceuta, ciudad autónoma de España que está ubicada en el norte de África, haciendo frontera con Marruecos. Miles de migrantes procedentes de territorio marroquí se abalanzaron sobre esta ciudad habitada por unos 80 mil habitantes.
Más allá de las consecuencias inmediatas que este hecho generó, en términos
de caos en la ciudad y pánico en diferentes países europeos, está el valor
simbólico que esto tiene. Porque no sólo se trata de unos cuantos miles de
migrantes que se la jugaron para intentar alcanzar territorio de la Unión
Europea, sino lo que significa una realidad que día tras día se hace más
compleja.
Esos miles de migrantes hablan en nombre de millones de africanos que
añoran la posibilidad de abandonar sus territorios en busca de eso que llaman
“una nueva vida y mejores oportunidades existenciales”. Algo que pareciera
haberse convertido en la aspiración máxima para todos aquellos que quieren
escapar de sus actuales condiciones de vida.
La realidad se impone por encima de discursos y pretensiones soberanistas.
La demografía tiene mucho que decir. La población del continente africano crece
cada día más, habiéndose llegado ya a más de 1.500 millones de habitantes, el
doble de la población europea. La presión migratoria, por lo tanto, será cada
día mayor.
Por más controles que impongan los países de la Unión Europea, por más
barreras que levanten, por más policíacos que se vuelvan sus Estados, miles y
miles, tal vez millones de africanos, querrán imitar a los que tomaron por
asalto a Ceuta. El tiempo corre y la realidad se complejiza aún más. El
confort, las buenas condiciones existenciales y la imagen de una vida más
llevadera que se proyecta desde Europa, son el principal acicate para estimular
la migración africana. El tiempo corre y la realidad se complejiza aún más.
Por Alfredo Portillo
alportillo12@gmail.com

